Cuando el 132 dejó de escuchar (Milenio)

Por León Krauze, publicado en Milenio

Hace unos días, en un sitio de internet, hice pública mi decepción con el movimiento 132. Expliqué lo mucho que lamento que, de ser un grupo comprometido con la libertad plena, el movimiento haya cedido poco a poco a la tentación de la prédica autoritaria, del dedo flamígero.

Lejos están de buscar consensos o sumar respaldos desde la humildad. A diferencia de otros movimientos estudiantiles recientes —como el chileno, por ejemplo—, el 132 impone porque impone, desconociendo interlocutores con singular facilidad y embarrando a sus críticos con un sinnúmero de adjetivos y descalificaciones. Al calce de mi comentario de la semana pasado encontré perlas como éstas: “vendido”, “pendejo coprófago”, “cachorro del neoliberalismo”, “gato de la oligarquía”, “loser”. Y mi favorito: “papanatas ignorante” (al menos se agradece el recurso a uno de los insultos más elegantes del castellano). Por supuesto, no faltaron los antisemitas que preguntaron a los editores del sitio por qué permitían opinar a un “israelita”.

Como ya he dicho antes, ninguno de los insultos me amedrenta. Ninguno es nuevo (aunque nunca me habían dicho “defensor de Franco”, he de aceptar). De hecho, si esta nueva erupción purulenta viniera de la caterva acostumbrada, ni siquiera valdría la pena el recuento. Por desgracia, no es así. Aquella opinión que publiqué no tenía nada que ver con el lopezobradorismo. Estaba dedicada al mismo movimiento que, asegurando ondear la bandera de la libertad, se declaró reiteradamente “apartidista” desde su fundación. Mi crítica iba dirigida al grupo de jóvenes que, suponíamos muchos, harían hasta lo imposible por evitar volverse carne de cañón político, peones de tablero, marionetas electorales. El mismo conjunto de jóvenes que, en aquellos primeros días del movimiento, prometían convertirse en una opción libre y liberal, luchando contra la inequidad en todas sus siniestras versiones. ¿Cómo es que un grupo de muchachos idealistas y pujantes se convierte en una máquina de predicar inmutables “Verdades” para luego injuriar a quienes, con argumentos, levantamos la voz para manifestar nuestro desacuerdo? En otras palabras: ¿cómo fue que los defensores de la libertad de expresión se convirtieron en censores?

No es fácil saberlo, pero me temo que la historia pasa por la voracidad del monstruo político mexicano. Durante los últimos meses tuve el gusto de charlar con al menos tres académicos e intelectuales a los que respeto y que, por azares del destino, se convirtieron en asesores del movimiento en los meses previos a la elección. La historia que recogí es la misma. El pequeño grupo de muchachos —varios, en efecto, idealistas bienintencionados— se vio rápidamente sobrepasado por su propia fama y, de manera crucial, por los intereses políticos a los que intentaron resistir de manera breve e infructuosa. “Dejaron de escuchar porque ya no les permitieron escuchar”, me explicó una de esas asesoras que se reunió varias veces con los jóvenes. Así, lo que había nacido como un movimiento con el potencial de convertirse en catalizador de una opción política de centro-izquierda, auténticamente progresista y sí, liberal (por cierto: a mis interlocutores de aquel sitio de internet les urgen lecturas sobre lo que realmente es el liberalismo), se convirtió primero en rehén de la coyuntura, y después en repetidor de viejas recetas y rencillas. En efecto, cuando aún no cumplían seis meses de vida, dejaron de escuchar.

Es triste pensarlo ahora, pero aquellos que sugerían hace unos meses que el 132 podía derivar en un nuevo partido político no estaban exagerando. Si el movimiento hubiera mantenido la ecuanimidad, la independencia y la humildad, habría podido evolucionar de la protesta a la propuesta. Y de la propuesta a la opción política hay solo un paso. Los jóvenes —o lo que queda de aquellos jóvenes— aún pueden lograrlo. Lo primero que tendrían que hacer es abandonar las certezas y retomar las preguntas, regresar de manera razonada a esa actitud crítica que tanto inspiraba y dejar de lado indignaciones fáciles, intolerancias, conceptos y discursos que, uno sospecha, ni siquiera son suyos.

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