El caballero estalló.- Raymundo Riva Palacio

Publicado en 24 horas

No es un hombre conocido por hablar a la ligera, ni ser una bala perdida en la clase empresarial. Fue entrenado por su padre, un visionario emprendedor que tras terminar su carrera como militar compró una gasolinera frente al aeropuerto de la Ciudad de México donde empezó su emporio, en ese lugar puso un restaurante en un viejo avión. y luego introdujo la FM en México, que descubrió en la radio estadunidense.

Joaquín Vargas nunca tuvo problemas con ningún gobierno, hasta ahora, que se le agotó el plazo para la explotación de sus concesiones. Él hace su trabajo en forma discreta, a diferencia de muchos otros, no hay quien se exprese de él con el desprecio que existe hacia otros dueños de medios, ni por ser frívolo o culturalmente primitivo.

Joaquín Vargas sobrevivió a un secuestro y a la muerte de su hermano menor en un accidente absurdo. Pero es una persona que no guarda rencores a la vida, decente,  respetuoso, amable, cálido incluso. Empresario cauto, acucioso e inteligente, siempre hace observaciones y preguntas que aportan a los negocio y contribuyen a su crecimiento. No es uno de los que buscan protagonismos, ni le gusta ser el centro de atención. Mucho menos alguien explosivo o suicida.

Por eso fue sorprendente la forma y el tono como entró en confrontación con el gobierno tras retirarle la concesión de la banda ancha de 2.5 GHz, una de las dos frecuencias con las que opera la conexión inalámbrica de Wi-Fi, y considerada la gran supercarretera digital de las telecomunicaciones. Vargas rompió los parámetros de su vida al hacer de su protesta una denuncia pública de colusión, donde abusó de los calificativos para narrar su historia, hasta tocar incluso las puertas del insulto.

“Nuestro país requiere que cada quien tome su lugar”, dijo esta semana en una conferencia de prensa donde asistieron más de 100 periodistas nacionales y extranjeros para escuchar su primer alegato contra el retiro de la concesión. “El poder público no puede seguir al servicio de una sola empresa por poderosa que esta sea”.

Joaquín Vargas, el prudente, llegó al límite. No esperó a que cada quién tomara su lugar. Él los ubicó. Al secretario de Comunicaciones, Dionisio Pérez Jácome, la autoridad responsable de retirarle la concesión, le imputó una decisión “equivocada”, “costosa” y “arbitraria”. A Alejandra Sota, directora de Comunicación Social de la Presidencia, interlocutora política con los barones de la prensa, la señaló como tramposa. Al ex secretario del Trabajo, Javier Lozano, de censor, por haber condicionado el refrendo de su concesión al castigo de  Carmen Aristegui, la conductora del principal programa de radio de MVS, por ventilar al aire el rumor del supuesto alcoholismo del Presidente. En síntesis, acusó al gobierno de chantaje.

No se detuvo ahí, y metió a Televisa en su ira. Dos hechos llamó “abominables”, que “la actuación sesgada de funcionarios (favorecieran) ilegítimamente los intereses de Televisa”, y que cedieran a sus deseos “para que MVS saliera del mercado que la televisora pretende avasallar”. En lenguaje farragoso pero incendiario planteó la colusión entre los dos para que Televisa se quedara con el gran negocio de las telecomunicaciones, y llamó “esbirros” tutelados por el director de Información de Televisa, Javier Tejado, a periodistas que no identificó por crear condiciones en la opinión pública para el ataque a MVS.

Su lenguaje no reducía la conspiración a un acto en su contra, sino contra toda la industria, y a favor de Televisa. ¿Por qué estos ataques? Uno de sus más cercanos colaboradores respondió que el campo de las telecomunicaciones, que sí le importan más a Vargas, son aún más importantes para el país. ¿Sacrificio por el bien de la patria? De ninguna manera. Vargas seguirá en busca del refrendo de esa concesión, en donde se encuentra una buena tajada del negocio de más de 35 mil millones de dólares que significa el mercado abierto de las telecomunicaciones.

El pleito, visto en utilidades, ¿bien vale una misa? Para él, sí. Después de todo, la potencia de su denuncia radica en que no es un hombre conocido por hablar a la ligera, ni ser una bala perdida en la clase empresarial.

Fue entrenado por su padre, Joaquín Vargas Gómez, un visionario emprendedor que tras terminar su carrera como militar compró una gasolinera frente al aeropuerto de la Ciudad de México donde empezó su emporio. En ese lugar puso un restaurante –Wings– en un viejo avión, el principio del negocio familiar, y luego  introdujo la frecuencia modulada en México, que descubrió en la radio estadunidense.

Su primera estación de radio la creó en Monterrey en 1969, donde comenzó la construcción de lo que hoy es el Grupo MVS Comunicaciones, que expandió sus estaciones de radio por todo el país y se amplió a Latinoamérica. Dio un paso adelante en los 80, cuando discretamente el gobierno de Miguel de la Madrid le otorgó la concesión de televisión y las frecuencias que hoy le retiran. Nunca tuvo problemas con ningún gobierno desde entonces, hasta ahora, que por tiempo se le agotó el plazo para su explotación.

Joaquín, el heredero designado que asumió totalmente las funciones a la muerte de su padre en 2009, nunca fue un empresario beligerante o que recurriera a presiones públicas para proteger sus negocios, como hay otros en el gremio. Hace su trabajo en forma discreta, y cada vez que había un cambio de gobierno, como muchos también lo hacen, recorría las oficinas de los nuevos funcionarios relacionados con medios con su portafolio bajo el brazo, para mantener las relaciones políticas que cuidaran al negocio. Pero a diferencia de muchos más, no hay quien se exprese de él con el desprecio que existe hacia otros dueños de medios por sus excéntricas formas de vida, ni por ser frívolo o culturalmente primitivo.

Joaquín Vargas Guajardo nació en la ciudad de México en 1954, y se graduó como administrador de empresas en el Tecnológico de Monterrey. Como muchos otros de su generación, cursó estudios de alta dirección en el IPADE, creada por el Opus Dei, de cuya universidad, la Panamericana, es miembro del consejo.

Su vida ha tenido altibajos. En 1992  fue secuestrado por el PROCUP –precursor del EPR–, que lo tuvo en cautiverio durante 87 días hasta que se pagó su rescate, estimado en 15 millones de dólares. A diferencia de otros empresarios, Vargas tuvo la fortaleza mental para salir adelante y mantenerse en los negocios familiares que construyó su padre, que también alimentó aprecio general por su familia. Una de las grandes demostraciones del afecto en la industria fue cuando se volcaron a consolarlos cuando Adrián, su hermano menor, murió en un accidente en su cuatrimotor en Valle de Bravo en 2005, donde el duelo familiar fue el duelo de todos.

Por esos antecedentes, la extraordinaria irrupción que tuvo Joaquín Vargas esta semana, debió haber causado estupor entre los de su clase. Todos guardaron silencio. Incluso Televisa, acusada directamente, respondió con un lacónico comunicado donde expresaban extrañeza por las declaraciones. Pero donde sí entró a jugar de manera natural fue en el campo de la política.

MVS, en particular el espacio de Aristegui, fue el principal vehículo de propaganda política del ex candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador, y el gran amplificador de la afirmación de que Enrique Peña Nieto, era el candidato de Televisa y que su campaña canalizó recursos que rompieron los topes de la campaña presidencial. No fue extraño que las voces más duras en defensa de Vargas vinieran de López Obrador y la izquierda. No se sabe si Vargas lo pensó así o es el resultado natural de contextualizar la defensa de sus negocios con la política, pero al meter todo en el mismo potaje y utilizar su fuerza moral para enfrentar abiertamente al  gobierno y a una parte influyente del los poderes reales –a los cuales también pertenece–, en defensa de los intereses de su familia, lo único cierto sobre el resultado final es que vivirá y deberá responder por las consecuencias de la furia que, con su voz cuidada y refinada, despertó esta semana.

Nota Original

Una respuesta a “El caballero estalló.- Raymundo Riva Palacio

  1. Patricia M. Vinson

    Como dice Lopez Obrador: “A cualquiera se le quita lo amoroso” Tanta arbitriaridad, tanta corrupcion, tanto poder que aniquila.

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