Las encuestas en la elección presidencial 2012 (Milenio)

Por Ricardo de la Peña, publicado en Milenio

Existe una legítima demanda por clarificar por qué las encuestas previas a las elecciones presidenciales difirieron con los resultados. La primera vertiente crítica apunta al financiamiento de los estudios. En nuestro caso, los costos fueron totalmente cubiertos por Grupo MILENIO. Ello ha podido y podrá ser verificado por cualquier autoridad competente en el momento que lo desee.

Desde luego, su precio no corresponde a cifras manejadas por detractores. Las 40 mil entrevistas para el seguimiento nacional no tuvieron un costo similar al de estudios ad hoc. Existen maneras de lograr una mayor eficiencia. Que una empresa pueda arribar a costos competitivos al adoptar tecnologías y metodologías novedosas es ventaja comparativa de quien oferta estos servicios.

Además, es sabido que las empresas de investigación no suelen vivir de estudios públicos, sino privados. Es tal el interés de las encuestadoras por aprovechar la ventana de exhibición en elecciones que están dispuestos a sacrificar ganancias en aras de lograr presencia mediante estudios autofinanciados.

Luego, el problema con las divergencias debe reducirse a aspectos técnicos, no financieros. Y aquí habría que recordar que las fuentes posibles de separación entre estimaciones por encuesta y resultados son muy diversas.

En nuestro caso, las decisiones sobre muestreo y dispersión, cuestionarios, procesos de trabajo, métodos de trasmisión y controles de calidad del estudio para la elección presidencial fueron idénticos a los del seguimiento en el Distrito Federal. Dado que este estudio tuvo estimaciones adecuadas, es insostenible que la divergencia en el otro ejercicio se encuentre en elementos comunes.

Nunca habíamos realizado estudios tan controlados y verificables. No solo estuvimos reportando a tiempo los datos a la autoridad electoral, sino que se tuvo registro automático del momento y la geolocalización de las entrevistas y su trasmisión por red permite corroborar con certeza los datos recabados.

Una encuesta es un ejercicio de estimación con base en una muestra, realizada con información aportada por una población específica en un momento determinado. De esta definición pueden extraerse los motivos de divergencia: muestreo, reportes de informantes, población observada y fechas de levantamiento.

Al cotejar resultados en las secciones en muestra para el seguimiento nacional con el total no existen diferencias significativas entre ambas distribuciones, por lo que no es un sesgo muestral lo que explicaría las diferencias.

Algunos colegas tienen evidencia que apoya la tesis de que ocurrió una corrida que modificó las preferencias entre la última publicación y la jornada electoral. Entendemos que los reportes de votantes soportan la afirmación de que quienes decidieron su voto el mero día fueron más inclinados a sufragar por López Obrador que quienes lo hicieron antes.

En nuestro caso, la evidencia que tenemos no sustenta como explicación un cambio temporal, pues continuamos las mediciones hasta el 30 de junio y no detectamos cambios importantes.

Nuestra encuesta de salida arrojó una estimación más próxima, lo que acota el impacto de un potencial ocultamiento del voto. Restando el error muestral, el remanente atribuible al patrón de respuesta es irrelevante.

Queda la hipótesis de que haya existido un problema de detección de votantes. Todas las encuestas preelectorales observaron ciudadanos, aunque algunas casas aplicaron modelos para filtrar votantes probables, con distinto éxito.

Es impertinente hablar de un problema de indecisos, pues la mayoría de quienes no definen su preferencia no votan. El problema es otro: la totalidad de encuestas registraron intenciones de voto de una proporción mayor de la que fue a votar. En promedio, 86 por ciento de entrevistados afirmaron que votarían por alguien y en realidad lo hizo 62 por ciento. Habría que quitar 24 puntos, casi 20 millones de electores.

Al comparar los datos observados por las encuestas contra los resultados, todas las encuestadoras registraban proporciones de ciudadanos con intención de votar superiores a las que se dieron en las urnas, pero con diferencias distintas según contendiente: por Peña Nieto decían que votarían 11 millones más de ciudadanos; por Vázquez Mota y López Obrador, menos de 4 millones; y por Quadri, un millón.

Así, mientras por Vázquez Mota y López Obrador fueron a votar realmente alrededor de cuatro de cada cinco votantes declarados, por Peña Nieto y Quadri lo hicieron algo más de tres de cada cinco.

La no realización del sufragio por Peña Nieto de una proporción mayor de informantes pudiera ser consecuencia de diversos factores: que quienes tenían menor interés en el proceso eran más proclives a afirmar que votarían por él; o que la creencia en su triunfo desincentivó su concurrencia a las urnas.

En cualquier caso, si la presencia en medios del candidato priista pudo tener un efecto y si la divulgación de encuestas durante el proceso pudo impactar la participación, la evidencia parecería sugerir que habría inhibido en todo caso el sufragio a su favor.

Es paradójico que las encuestas que, sin emplear modelos, resultaron más próximas al resultado, fueron las que detectaron menor proporción de no respuesta. Lo que explicaría esta anomalía es que captaron intención de sufragio hacia López Obrador de una proporción mayor de personas que no concurrieron a las urnas.

Pudiera hacerse un ajuste de los datos mostrados por las encuestas en este proceso, que eliminara el efecto de la participación. Al hacerlo, no cambiaría la relación entre Vázquez Mota y López Obrador, por lo que su orden a lo largo de la campaña se mantendría. No así su distancia con Peña Nieto: Vázquez Mota habría arrancado más cerca y López Obrador habría cerrado desde fines de mayo la brecha a un dígito.

Un ejercicio de esta naturaleza ajustaría valores para las distintas series que mostraron un mayor diferencial y las aproximaría en los momentos debidos con las estimaciones más afortunadas, que pudieron parecer atípicas. No solo explicaría luego la diferencia de una agencia, sino que homogenizaría las mediciones y daría una narrativa coherente del proceso.

Los investigadores tenemos la obligación de profundizar en esta revisión y avanzar en la renovación de métodos y tratamiento de datos. Carecemos de un modelo probado para la detección de votantes. Incluso, pudiera no existir un modelo universal y debiéramos reafirmar que las encuestas son tomas en un instante a una población que no son los votantes.

Desde hace dos décadas hay evidencia de que las encuestas preelectorales son instrumentos valiosos para conocer el formato de las contiendas, pero equívocos en cuanto a precisión. En 1994, en 2000 y en 2006, el promedio de encuestas no correspondió con el resultado. En las dos elecciones presidenciales ganadas por panistas, la mayoría de encuestas dio ventaja a un candidato diferente. Comentaristas y analistas contaban con esta evidencia.

Ahora vendrán voces interesadas en demandar sanciones por los equívocos de las encuestas, que han ocurrido en todo el mundo, confundiendo un problema de metodología con intencionalidades. Y luego buscarán eliminar mediante nuevas normas un actor incómodo, proscribiendo las encuestas durante campañas o imponiendo condiciones para su publicación que postergue o imposibilite que lleguen al público. Ellos seguirán teniendo acceso a datos; quienes no lo tendrán serán los ciudadanos, considerados menores de edad. Peor para nuestra democracia.

Ver nota original

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s