“Al diablo las encuestas” de Mario Campos.

“Al diablo las encuestas” de Mario Campos en Etcétera.

¿En qué momento las encuestas se convirtieron en protagonistas de la cobertura electoral? No lo sé pero es hora de que dejen de serlo. Cuestionadas desde el principio de las campañas, las mediciones jugaron un papel central en la pasada contienda. Defendidas por algunos medios, las encuestas se convirtieron en un referente obligado a la hora de contar cómo iban las campañas, al mismo tiempo que para otro grupo de ciudadanos no eran sino las piezas más visibles de un complot para vulnerar la voluntad popular. En cualquier caso se trataba de objeto receptores de atención y polémica.

El problema es que en el balance final de la jornada las encuestas no fueron ni una cosa ni otra. Ni fueron, como decían diversos periodistas, la foto fiel de la contienda, ni al final resultaron ser el mero producto de la imaginación de un estratega de campaña.

Es cierto, las mediciones finales publicadas por casi todos los medios –Reforma, El Universal, Excelsior, El Sol de México, Radio Fórmula, UnoNoticias, Milenio, entre otros– coincidieron en el ganador y en el orden del segundo y tercer lugar. Desde esa perspectiva no mintieron. Como apuntaron de forma unánime de principio a fin, el ganador fue el candidato del PRI-Partido Verde, Enrique Peña Nieto.

Pero hasta ahí llegaron sus aciertos. Porque los números finales mostraron que el promedio de 13 puntos de ventaja que daban la mayoría de las mediciones nomás no se cumplió, mucho menos los 16, 17 puntos o más que incluso algunos llegaron a anunciar. Y es claro que entre una distancia de dos dígitos y seis puntos de ventaja, hay mucho que explicar. No solamente es una cuestión de precisión estadística, que lo es, sino es un problema de fondo sobre los efectos que esa diferencia puede generar.

¿Habrían financiado igual a las campañas de Peña, Vázquez Mota y López Obrador, si sus patrocinadores supieran que estaban a las distancias que en realidad quedaron? ¿Habrían votado más personas si creían que AMLO estaba a sólo seis puntos y no a 13? ¿Se habría generado un efecto de voto útil? No lo sabemos y desconozco si exista forma de demostrarlo pero claro que surgen dudas de cómo habría cambiado todo si la historia dominante de la elección hubiera sido otra. 

Y la culpa aquí es de dos actores, en primer lugar de las empresas encuestadoras que deben explicar qué pasó. Porque no basta con decir que ellos no hacen pronósticos sino sólo fotografías del momento; tampoco es suficiente que adviertan que había indecisos o que no saben qué pasó en los últimos días desde que dejaron de medir o publicar. La realidad es que los resultados –en su mayoría– están por mucho fuera de sus propios márgenes de error y es un hecho que su trabajo no sirvió para su propósito fundamental: mostrar tendencias que permitan aproximarnos a la intención de voto que se hará patente el día de la elección.

No tengo elementos para acusar a nadie de corrupto – no me atrevería aunque muchos lo hagan con gran facilidad – pero es evidente a la luz de los resultados que las cosas no se hicieron bien, salvo en casos como Reforma, Demotecnia o Votia, cuyos resultados finales se parecen más a lo arrojado finalmente por el PREP del IFE.

Pero ya señalábamos que en este vals participaron dos y hay que pedir cuentas también a los medios de comunicación que publicaron esos estudios. Porque las empresas hacen las mediciones pero son los periodistas los que les dan las primeras planas y planos y los convierten en el centro de la cobertura electoral. ¿No va a decir nada Milenio de la enorme distancia que hay entre su encuesta publicada y el resultado final?, ¿nadie publicará un editorial reconociendo la diferencia entre la información de sus portadas y la realidad?

Dada la pobre cultura de rendición de cuentas es muy probable que no. No obstante después de esta experiencia las encuestadoras, los medios que las publican, los actores políticos y los votantes, tendríamos que tomar nota de cara a los próximos procesos electorales. Las encuestas pueden ser una herramienta más para contar la historia de una elección – un instrumento que puede dar ciertas luces y servir como un referente – pero nunca más deberíamos ponerlas en un lugar tan protagónico. Es tiempo –vistos los recientes resultados– de mandar al diablo a las encuestas.

 
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