El evento de Enrique Peña en la Universidad Iberoamericana, el pasado viernes, marcó un punto de quiebre en la campaña del priista. A pesar del enorme control que impone su equipo en los actos de campaña, era imposible que sus aspiraciones de que no se toque a su candidato se cumplieran a cabalidad. Poco a poco vamos descubriendo, no sin asombro, que las reacciones de Peña son terribles y eso explica el porqué del pavor de su equipo en los eventos en que no tienen el mando.
Lo sucedido en la Ibero desató la polémica de si los jóvenes se excedieron o no. Los gritos de asesino pueden ser parte de un exceso, pero entiendo que cuando se es joven, por lo general, se encuentran grandes satisfacciones en insultar e increpar a la autoridad. Es una suerte de derecho juvenil. Flaco favor le hacen a Peña sus medios afines al reprochar a los estudiantes y calificarlos como grupos del PRD. En la Ibero los jóvenes repudiaron a Peña y lo que representa: un partido político que desgració a México por décadas y en cuyas filas, efectivamente, han pasado asesinos, ladrones, corruptos de altos vuelos, mafiosos y hasta narcotraficantes. Las primeras planas de los periódicos de la Ciudad de México el día de ayer dejaban de manera clara qué medio está atrás y al lado de Peña.
Las imágenes de Peña huyendo de la Universidad es la figura perfecta de alguien que quiere huir de si mismo y de su pasado. Los gritos de ¡fuera! han de seguir retumbando en su cabeza, no ha de querer cerrar la puerta del baño porque teme que no lo dejen salir; no ha de querer ver una máscara más de su padrino Salinas de Gortari. No creo que a los otros candidatos les vaya tan mal, no será un día de campo, por ejemplo, para Vázquez Mota, pero seguramente la animadversión será bastante menor.
Y es que el PRI cree que por ser joven se desconoce la historia.
Enemigo de los libros, Enrique Peña encontró, paradójicamente, respuesta a sus inquietudes intelectuales en una universidad.
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